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17 julio 2012

...y yo, yo sonrío, aquí y ahora!

Y aquí estoy. A un año y poco más desde que todo comenzó.
Y está él. Una casualidad del tiempo. Un camino que se abrió paso dentro del todo. Una bifurcación fuera del plan inicial.
Y está su dulzura. La inocencia que ocultan sus ojos y que trasluce su sonrisa. Esa voz. Ese idioma.
Y yo. Más cerca de eso que siempre quise. De eso que, a ciegas, he ido buscando por años.
Y me entrego. Al calor de sus manos. A sus labios. A sus palabras. A las respuestas que da ante todo lo que pregunto.
Y en silencio, me llena.
Y en silencio, lo quiero.
"If you want me, I'm yours", dijo. Y yo lo quiero. Quiero su dulzura. Su inocencia. Su calma. Sus manos que me acarician en el día y en la noche. Su boca que busca la mía para besarla.
Y quiero sus sueños. Sus metas. Un futuro. El mismo camino. Con esa bicicleta que me desvió de mi camino. Con esa misma que selló un pacto oculto..
Y me gusta gustarle. Verme a través de sus ojos. Oír eso que nunca puede callar. Leer lo que sus dedos escriben.

Y en silencio, lo quiero.
Y yo, yo sonrío, aquí y ahora!


24 junio 2010

...especímen #8


Nueva vida.
Hoy deja que llueva.

Nunca me han gustado los obituarios. Ni los textos de despedida. Me parecen hipócritas. Vacíos. Llenos de mentiras. Insensatos. Por lo general están plagados de "Fue un buen hombre, un buen amigo, se le recordará y extrañará desde los mejores recuerdos...y blá, blá, blá. Lo que digo: se me antojan insensatos. No creo en eso de las buenas palabras luego de que ya tienes metros y kilos de tierra por encima. Porque no. Porque me parece mejor idea decir las cosas cuando los oídos aún funcionan y cuando vale de algo.

He tenido que dejar todo de lado para venir a escribir esto. No vengo a dejar un obituario común. Tampoco a dejar un espécimen más. Aunque lo fuere. Y aunque lo seguirá siendo.

A Al lo conocí por la escuela de fotografía. Buscaba gente tatuada para hacerle fotos para su proyecto del máster. Así que yo me ofrecí, dejándole muy claro que los míos eran muy pequeños, pero que si le valían, podía hacerme fotos. Un domingo en la tarde quedamos para comer y de allí a las fotos. Aunque sabía que iba con muletas, debo decir que me impactó mucho el verlo así. Porque días antes me había dicho que le dolía mucho el tratamiento. Hablando con él me di cuenta de que, además, también tenía algún problema de concentración pues aunque escuchaba, parecía pasar olímpicamente de lo que habías dicho y volvía a preguntar lo mismo de forma diferente.

Ese día me hizo las fotos. Y al despedirnos, me besó. Lo recuerdo bien porque fue como si me hubiesen sacudido en medio de la noche. No tenía la impresión de que los españoles fuesen así. Él -me dijo- era de Bilbao y poco le importaba lo que pensasen. Comenzamos a "salir". ¡Qué eufemismo! (sabiendo que se le hacía muy difícil por cómo estaba y por cómo se sentía). El caso realmente es que yo iba a su casa, veíamos pelis, ordenábamos comida (chinos o pizzas), dormíamos juntos... En fin, la vida de una pareja cualquiera, sólo que con alguna que otra limitación de más. Eso si, cuando nos veíamos en la escuela, nos hacíamos un poco los locos.

Salimos por un mes. Hasta que lo dejé por el espécimen #4. Recuerdo que me dijo que tenía suerte de que lo estuviese tomando tan calmado. A mí me sonó a amenaza y de verdad que me sentó muy mal. De más está decir que, luego de eso, dejó de hablarme. Yo lo atribuí a que le había hecho mucho daño (por lo que sentí bastante remordimiento), pero también a sus dos años menos que los míos.

El año pasado comenzó a hablarme de nuevo. Pero muchas cosas habían cambiado. Él ya no caminaba, estaba en silla de ruedas y yo estaba moralmente destrozada porque el idiota #4 me había dejado. Y, ¿cómo se juntan dos mochos para rascarse la espalda?

Hace tres semanas vi unos cuadros y unas fotos de él en la escuela. Estaban montando su exposición. Vi uno a uno cada dibujo. Leí las dos reseñas que le hicieron para el boletín de la escuela.

Todo se me vino abajo hoy cuando me llegó un mail diciendo que había fallecido ayer en la mañana. No voy a decir que fue buena persona, aunque lo fuera en verdad. Ni voy a decir que se le va a extrañar porque era un buen amigo, aunque también sea verdad. Mi verdad es que compartí mucho con él. Pero por poco tiempo. Y por mucho tiempo no nos hablamos. Muchas veces me pregunté qué era lo que hacía su trabajo tan especial. Y nunca encontré respuestas. Aún me lo sigo preguntando. Aún sigo con la incógnita. Porque yo sé que si yo cogiera una cámara e hiciera lo que él hacía, dirían que mi trabajo es una mierda, que es de amateur, y muchas cosas más. De todo menos bueno. Muchas veces he sentido envidia por ese preciso motivo. Y cuando vi su exposición sentí mucha más envidia. De esa que atenta contra ti y todo lo que te rodea. De esa que es una nube difusa que te bloquea el cerebro y no te deja pensar con claridad.

Yo odio los obituarios. Con todas mis fuerzas. Así que, no pienso decir que fue una buena persona. Hoy vengo a evidenciar que yo no lo soy. Que muchas veces soy incluso peor que los espécimenes que engrosan mi catálogo y que tanto mal me han hecho. A Al no debí hacerle daño. Pero lo hice. Al final igual tuve mi merecido. Un amigo en común dejó de hablarme por todo esto. El espécimen #4 me dejó. Y siempre seré la inepta que no encuentra lo que hace su trabajo fotográfico tan excepcional.

Me dejó en shock el que haya muerto. Se me atraviesa en la garganta. Pienso en su madre y no logro dejar de repetirme que los padres no están para enterrar a sus hijos. Y además, se me hace indescifrable su último acertijo:

"El mundo nunca antes fue tan fascinante. Nunca quise amar tanto. Nunca quise vengar tanto. Nueva vida. Una mañana de invierno. Desperté de un verano muerto."

Y en efecto, nueva vida.
Hoy dejas que llueva.

16 junio 2010

...especímen #7

El instante decisivo.
Dos que se encuentran para volverse a perder.

Un concierto. Tres amigos. Angelines, Marcos y Gabo.
Marcos quería ir al frente. Pero la voz de ella sonó más fuerte. Y se quedaron atrás. Ella odia el caos. Que la pisen. Que la empujen.
Gaby y yo (groupies empedernidas), al contrario de aquellos, amamos la adrenalina. La primera fila. El vaivén incontrolable de cuerpos. Gritos. Empujones. Y ese día íbamos, de todas todas, a pelearnos por estar allí. Coreando a pocos metros de Cerati. Oh Cerati. Él valía eso y más.

Nos fuimos colando. Ella y yo. Tomadas del brazo para no perdernos entre la gente. Para llegar juntas hasta el final, como tantas otras veces en tantos otros conciertos. El camino se estanca. Nos topamos con dos chicos que nos impiden avanzar. Son altos. La pregunta de rigor sale a flote. "Hola, ¿nos pueden dejar pasar? Sólo somos dos, pero somos bajitas y detrás de ustedes no vemos nada". Se ríen. Nos dejan pasar. Seguimos nuestro camino. Vamos avanzando. La meta, aunque opacada por miles de cabezas, se ve más cerca. Tierra a la vista. Estamos llegando.

Tercera fila. Nos estancamos de nuevo. Sabemos que será imposible avanzar más. Paramos. Y hacemos del lugar nuestro punto.

Volteo y lo veo allí. Nos siguieron. Se colaron entre la gente. Igual que nosotros. De hecho, detrás de nosotros. Si, nos siguieron. Paran ellos también.

Empieza el concierto. La gente se vuelve loca. Agarro a Gabo. Ella me agarra a mí. Saltamos. Gritamos. Silbamos. Aplaudimos. Bailamos. Volvemos a saltar. Pero ahora hay alguien más que me agarra. Nos empujan. Él me sostiene. Pone sus brazos alrededor de mí. Me sujeta para que no caiga. Y seguimos. El concierto no para. Me pregunta si quiero agua. "No, gracias. Estoy bien". El agua sería una bomba de tiempo. Un impedimento que me haría ir al baño. Y no se puede.

Siento su mano en mi hombro. Empiezan de nuevo los empujones. Me protege otra vez. Y ahora va más allá. Sujeta mi mano. Se acerca a mi espalda. Junta su cabeza a la mía. Cantamos juntos. De vez en cuando nuestras miradas se cruzan. Nos reconocemos en el desconocimiento mutuo. Gabo se da cuenta. Se ríe. Y su carcajada pícara nos delata. Él y yo seguimos allí. Perdidos el uno en el otro. Con nuestras manos y cuerpos juntos. Como si hubiésemos llegado hasta allí así. Como si siempre hubiese sido así.

Termina el concierto. Nuestras manos se separan. Él va con su amigo. Yo con mi amiga. La gente nos aleja. Nos buscamos. Nos despedimos con las miradas. Esas mismas que en un instante decisivo nos unieron en una letra.

Se que no lo veré nunca más. Existió. Estuvimos los dos allí. Y así. La continua risa de Gabo me lo afirma. No estoy loca. No aluciné. Fue la historia de un concierto.

Mi mente recrea historias de amor. Un príncipe que busca a su Cenicienta. La zapatilla sería la entrada de un concierto. O carteles en el metro que, copiando a Nino Quincampoix, preguntan por el paradero de la chica del concierto.

Obviamente nada de eso pasa. Allí muere la historia.
Sin embargo, de vez en cuando escucho SodaStereo y me acuerdo de él. De esa historia. O de las muchas que me inventé.
De ese instante decisivo de dos que se encontraron para volverse a perder.

09 abril 2010

...espécimen # 6

[Someday, when my life has passed me by,
I'll lay around and wonder why
you were always there for me]

El hombre perfecto se me escapó de las manos.

Es quizás una de las pocas personas a quienes le puedo decir que le quiero. Sin vergüenza alguna. Sin reparos. Y éstos dos últimos años lo he extrañado como loca. El poder llamarlo a las tantas de la noche para hablar con él. Horas y horas sin importar más nada. Esperarlo y comer un helado. Hablar y reírnos del absurdo y de todo lo que nos rodea. Sus buenos consejos. Él.

En el 97 me cambiaron de colegio. Empezaba la secundaria. Era la nueva en un colegio tan grande que se me hacía frío e impersonal. Esos cinco años fueron lo peor que me ha pasado en la vida. Odiaba el colegio. Odiaba a la gente. Él fue uno de mis primeros amigos. Iba dos años por delante de mí. Y aún así, me ofreció su amistad. Sin importar que fuera la nueva. Que fuera menor. Que dijeran lo que decían de mí.

Y así fuimos creciendo. Pero cuando se fue a la universidad me quedó un vacío gigante. No estaba para protegerme del resto. Y ya el contacto no era el mismo. Cuando tuvo su primera novia seria, casi muero. Los celos me mataban.

Siempre estuve enamorada de él. Y no era secreto. Sólo que nunca nos sincronizamos y nunca funcionamos. Íbamos a ritmos distintos. Nada acompasados. Siempre fue el chico perfecto. Siempre lo ha sido. Y siempre lo será. Inteligente. Autodidacta. Deportista. Músico. Amigo. Y yo, por mi parte, siempre he sido desastre y siempre lo seré.

Con Luis no hubo historia triste. Fuimos noviecitos en algún momento. Pasaron muchas más cosas. Se dijeron otras tantas. Y aún así, a pesar de todo, seguimos siendo amigos. Todo fue como en slow motion. Todo se dio poco a poco. Así lo recuerdo.

Hoy está con su mujer perfecta. Con planes de cambio de vida. Con planes de matrimonio. Con sus millones de planos mentales que construirá poco a poco como el arquitecto de vida que siempre ha sido.

Lo admiro como a nadie. Creo que es la mejor persona que he conocido nunca. Y lo extraño tanto que se me hace inaguantable no tenerle cerca. Lo extraño. Repito: ¡Lo extraño! Y quisiera gritarlo tan fuerte hasta que me oyera y regresara a mi lado. Para protegerme como siempre lo hizo. Para quererme. Para escucharme.

Sé que seguirá allí. Y yo seguiré aquí. Preguntándome por qué siempre ha estado para mí.
Y recordándome a mí misma que el hombre perfecto se me escapó de las manos.
De la vida. Y del mapa.

28 marzo 2010

...espécimen # 5

La peor historia para contar es aquella que ni siquiera tiene un comienzo.

Estaba allí todos los días. A todas horas. Caminando de un lado al otro. Jugando futbolito. Entrando y saliendo de su escuela. A la distancia de un pasillo y de una mirada. Así se convirtió en "mi antropólogo pitecus". Mi dolor de cabeza más grande. Y aún así, un espécimen del que aprendí más de una cosa.

Estudiaba Antropología. Si. En la escuela que estaba justo al lado de la mía. Yo lo miraba. Todo el tiempo. Él me miraba. De vez en cuando. Era imposible no verlo. Era perfecto. Cuerpo de muerte. Cabello negro. Ojos grandes, profundos. Estilo ochentoso. Yo no pedía nada más. Él era mi antojo y mi suspiro.

Lo conocí por un amigo de mi escuela que jugaba futbolito con él. Nos presentaron un día cualquiera y nos quedamos hablando un buen rato. Me acompañó al trabajo. Me escribió a los dos días. Yo, muerta. No me cabía en la cabeza cómo alguien como él podía fijarse en alguien como yo. Era ilógico.

Los días fueron pasando y aumentaron con ellos las dosis de antropología que me eran necesarias para aguantar el periodismo. Muchos ratos juntos. Muchas palabras que iban y venían. Hasta que pronunció lo impronunciable: tenía novia. Tenía una novia y mucho tiempo con ella.

Mira si se me vino el mundo encima. Sentí que de un día soleado pasaba a un tsunami en una milésima de segundo. Y no llevaba paraguas ni poncho conmigo. Estaba a la intemperie. Nada se le podía hacer. Era muy tarde. Yo ya había caído en el charco. Qué charco ni qué charco. Eso era más bien la laguna negra.

Yo había dejado a mi novio por él. Porque según mi lógica, si tienes novio y te fijas en otro más de la cuenta es porque algo en tu relación no va bien. Así pues, decidí que tal como iban las cosas, era mejor terminar con mi novio y a otra cosa mariposa. Sin embargo, mi antropólogo hizo exactamente lo contrario, a pesar de que también estaba más que consciente de que su relación hacía tiempo que había dejado de caminar. Él lo definía como estabilidad. Yo como rutina y cobardía. Típica masculinidad.

Luego entendí por qué los chicos actúan como lo hacen. No dejan nada de lo que tienen hasta que no tienen lo otro bien cocinado. O como dirían en mi pueblo "hasta que tienen el animal agarrado por los pelos". Dentro de todo, son inteligentes. Despiadados e inhumanos, si, pero inteligentes.

Yo dejé todo por este chico. Sin ninguna garantía. Arriesgué y perdí. Así de sencillo. Sin anestesias ni gotas para el dolor. Mis cartas estaban sobre la mesa. Sin embargo, éste espécimen no estaba dispuesto a jugar esa partida. Él seguía apostando por su novia aún cuando en el fondo sabía que también estaba arriesgando y perdiendo. Ella bailarina, de gira la mayor parte del tiempo. Al final lo dejó por otro. Irónicamente ella hizo lo mismo que yo. Le pago con la moneda que él se había guardado en el bolsillo.

Yo aprendí. Aprendí de mí misma. De lo que soy capaz de hacer y dejar por lo que creo y, sobre todo, por lo que quiero. Y luego de un tiempo recuperé con creces lo que antes había dejado de lado. Y también aprendí que un antropólogo va excavando aquí y allá, va buscando todo el rato, observando, levantando polvo y escudriñando hasta que consigue lo que busca y se queda allí. Y yo simplemente no era suficiente para que se quedara explorando.

La peor historia para contar es aquella que ni siquiera tiene un comienzo.
Esta lo tuvo, pero sólo en mi cabeza.

05 marzo 2010

...espécimen # 4

So tell your mama I said hello.
La vida que se va en un cielo que se cae.

Con éste podría escribir las palabras más agrias para describir lo que sucedió y aún así no le haría justicia. Prefiero transcribir cosas que pensé para él. Palabras dedicadas. Un cuaderno con el paso del tiempo tatuado en sus páginas. Ya no son para nadie. Solo son.

El catálogo de hoy es compilatorio. Funeral de aquello que fue y no bastó.

"¿y quién me devuelve estas dos vidas vividas a destiempo?¿quién me devuelve el cambio horario?¿y el atraso?¿y el adelanto?¿quién me devuelve esos días y noches, esas horas en mundos distintos?¿quién me devuelve lo que vivía y me quitaron? [...] No sé si me equivoco al dar todo lo que tengo, no sé tampoco si sería peor no hacerlo..."

"Tu y yo. Con una ciudad de recuerdo. Con una ciudad que nos recuerda, que tiene grabados nuestros pasos en sus entrañas, que nos ha visto reír y abrazarnos, que nos ha dado un escenario único [...] y un futuro que comenzó en esas calles, en esa noche, en ese cuarto. Con caricias que quemaban al rozar la piel, con besos que absorbían el alma para atraparla en un vicio infinito y, espero, eterno: el tenerte. Una única opción. La que sólo con tu presencia se hizo la más válida del mundo. Tu y yo. La noche. El primer beso. Con ella de testigo, de amante intrínseca y transitoria. Esa que queda en mi recuerdo. Esa en la que mi vida queda de recuerdo. [...] Porque toda la vida se queda allí [en Barcelona], hasta que vuelvas por ella. Hasta que vuelvas por mí."

Nunca volvió.
Y es obvio que me equivoqué.
Todo quedó en un plato sucio que debe ser lavado.

La herida de este aún duele algunas noches, aún da calambres cuando está por llover. Y aunque ya no llueve por él, no puedo negar que es un capítulo difícil de contar y un espécimen difícil de catalogar. Estaba enamorada. Con eso digo todo. Basta y sobra.

Si bien la relación era difícil desde el principio, la intensidad de las emociones lo compensaba todo. Incluso el jugar una guerra a muerte con su madre sabiendo que yo la tenía perdida mucho antes de haber comenzado. Hoy, haciendo cuentas, veo que no solo metí la pata hasta el fondo sino que, encima, la revolqué en el lodo. Dejé de lado muchas cosas. Dí la espalda a las dos únicas personas que siempre han estado para mí. Todo por él. Porque pensaba que lo valía. Que no suene esto a arrepentimiento. No me arrepiento de nada de lo que hice, mucho menos de lo que dejé de hacer. Supongo que él me amó o me quiso a su manera. Pero tendría sus razones de peso para dejarme como lo hizo. No miento cuando digo que quedé deshecha. Porque, a pesar de no ser la mejor de las novias, lo amaba. Y en más de una ocasión estuve dispuesta a dejar todo por él. A seguir mi vida a su lado. A formar una familia. A tener eso que hasta ahora nunca he tenido.

Lo que aún me hiere el orgullo es el hecho de que no haya sido sincero conmigo cuando fui a verlo. Aún me parece indignante y bajo que no haya sido capaz de dejarme, cuando sabía muy bien que no iba a regresar. Que no haya tenido los pantalones para decirme que había alguien más. Que sus prioridades y sus intereses habían cambiado. Que le era más fácil vivir allá. Todo terminó con un correo diciendo que le habían ofrecido una oportunidad que no podía rechazar, que no quería dejar pasar, su propia compañía, el trabajo de su vida.

El correo fue cuestión de minutos. Bajar el telón y suspender la obra.

Hoy es otro espécimen más de la lista. Pero algo aprendí y, sólo por eso, debo agradecerle.

La vida de aquí se fue. El cielo de aquí poco importó.
Y como diría Norah Jones: "...So tell your mama I said hello..."

26 febrero 2010

...espécimen # 3

Mi propia Tortilla de Patatas.
Mi versión del español.

Una buena Tortilla de Patatas debe seguir la receta española. Yo con este espécimen seguí otras cosas. Impulsos. Y esos son ingredientes para nada confiables.

Aunque empezamos con pie torpe y lento, con una mala historia a cuestas y mucha distancia de por medio, la cosa funcionaba bien. Con él sentí y viví de forma adulta. En definitiva, cambié.

El 4 de enero de 2008 me embarqué en un autobus de Alsa para irme a Zaragoza. Así sin más. Sólo porque no aguantaba más las ganas de conocerlo personalmente. De ponerle cara y cuerpo a ese nombre que tanto me repetía. De ver los ingredientes que hasta ese momento se habían estado cocinando a fuego lento. Sin temor puedo decir que han sido los cuatro días de mi vida en que más me he sentido mujer.

A Carlos lo conocí por sus fotografías. Cada una era arte. Y mientras él hacía lo que hace mejor, yo le regalaba miles de palabras. Lo único que yo sé hacer decentemente bien. Él me inspiraba. Y nunca escribí como esas veces. Era obvio. Todos se daban cuenta. Nunca alabaron tanto mis letras. Nunca tuve mejor tema. Todo giraba y de forma mágica encajaba. El diccionario se me hacía pequeño. Las horas insuficientes.

Sin embargo, diez años de diferencia eran mucho. Y la presión se hacía insoportable. Un peso demasiado grande para una bolsa tan pequeña. Y yo sucumbía.

Ya en España la cosa no fue distinta. Incluso estando los dos en la misma tierra, nos perdimos. Me rebajé diez años yo sola. Y le di la razón. Fui más pequeña. Mentalmente. Me convertí de nuevo en una niña. Malcriada. Prepotente. Irracional. Con esas mismas palabras que un día le dediqué a muerte, con esas que le grabé a fuego, lo mandé a volar. Lo aparté de mi. Lo borré de mi historia.

Un tiempo después apareció de nuevo. La alarma se disparó otra vez. Y me rebajé aún más. Terminé de caer. Y dos años más tarde, un mismo 4 de enero fue completamente contrario a ese primero.

Ahora le va bien. Eso me hace bien a mi. Supongo que está en buenas manos. Y yo sigo con la manía de verlo volver imaginariamente. Sé que no lo hará. Y aún así lo espero. O quizás no.

Hoy la tortilla de patatas se me hace insoportable. Y es que mi versión me la hice con huevos pochos y con patatas pasadas.
Y así, ninguna receta funciona.

25 febrero 2010

...espécimen # 2

El chico del nombre extraño.
Aún hoy somos cobardes.

Tamanaco es un nombre poco común incluso en Venezuela. Sin embargo, yo tengo dos en mi lista de amigos.

A este Tamanaco lo conocí estando en la universidad. Solía verlo sentado en el murito, justo delante de la escuela. Me ponía de los nervios porque se me quedaba mirando fijamente con esa mirada que te escudriña hasta el lado izquierdo de la masa cerebral y que te desnuda frente a la multitud bajo toda la luz del sol. Y yo odio que me miren. Me da repelús. Pero él no paraba.

Cuando lo conocí me di cuenta de que era mucho más intenso de lo que parecía y de lo que yo creía. Era callado. Afilado en sus comentarios. Más ácido que un limón en su pleno punto. Pero simpático. Inteligente. Interesante.

Se reía de mis continuas críticas, de mi pesimismo e, incluso, de lo respondona que soy. Aún hoy es así. Dice que soy muy rebotada. Tiene razón.

El caso es que me gustaba sentarme a su lado en el murito. Descansar entre una clse y la otra. Eran momentos de culto. Verle los tobillos. Conversar. Soltarle mis decálogos sobre temas ineptos. Oírle reír. Perder mis ojos en sus manos. Tan masculinas. Tan blancas. Seguir el ritmo de sus palabras y de su voz. En fin, que me gustaba. Algo de él me atraía. Ese "noséqué" tan común y tan incierto. Pero era muy cobarde para decírselo.

Es uno de los pocos que ha estado pendiente de mí desde que salí de Caracas para mudarme a Madrid. Una ventana en el Messenger. Un correo amable por mi cumpleaños. Una frase de ánimo cuando la necesitaba.

El año pasado llegó a confesarme que estaba loquito por mí. Esa era la razón de las miradas fuera de disimulo. Sin discreción. Esa era la razón que tanto me incomodaba. La que no sabía. La que no imaginaba. La que tanta rabia me causó cuando lo supe. Todo hubiese podido ser diferente. O no. Pero ya hoy nadie puede saberlo.

Mucha gente sabía que yo le gustaba. Menos yo. Cierto que alguna vez me hicieron comentarios. Pero no lo creía. Y él no dio ningún paso. Me creía junto a Kevin y se cortó él solo la historia. Por miedo a la posible respuesta.

Ya ha pasado un buen tiempo. Muchas palabras. Varias llamadas. De Caracas a Madrid. De Madrid a Caracas. Una cicatriz. Un "voy a encontrar la manera de que podamos estar juntos. Eso es seguro". Ya no lo es tanto. Dejó de serlo. Desapareció.

Sin embargo, presas de eso que dejamos de hacer, por miedo o por lo que sea, aún hoy somos cobardes.

24 febrero 2010

...espécimen # 1

El hombre de mi vida.
Tierra de nadie.

Lo conocí en mayo del 2002. Un 24 de mayo, para ser más exacta. Y el 25 me besó en una fiesta. Desde allí, estuvimos juntos.

Creo que los primeros seis meses con él pueden ser declarados como los seis meses más deprimentes de mi etapa adolescente. Era de esos que aparecía cuando quería y desaparecía de nuevo como Houdini. Iba y venía. Sin estabilidad. Con mucha bipolaridad temporal y mental. Y entre esta actitud desapegada y mis continuos problemas con un bachillerato en ciencias, el desastre era inevitable.

Sin embargo, pasados esos seis meses de tormenta, las cosas comenzaron a ir realmente bien. Con sus altos y bajos, claro está. Él fue quien me acompañó a la UCV para ver mis resultados en la Prueba Interna de la Facultad. Él fue quien vio mi nombre y apellido en la lista de mi carrera. Él fue el primero que lo supo y también el primero en abrazarme. Creo que nunca me sentí tan orgullosa de mi misma como cuando me hizo sentir que también estaba contento.

Cinco años de carrera. Muchos pasos dados. Muchas fotos. Él siempre de modelo. En mis primeros negativos. En mi primer portafolio. Él siempre el centro de mi vida. De mi vida que recién comenzaba. De esta tierra de nadie.

Con el tiempo fue menguando todo. Se creó un vínculo extraño. Un cariño familiar, de hermanos, de "estoy pendiente de ti y tú de mi". Conciertos juntos. Viajes juntos. Mi familia, su familia y viceversa. Muchas tardes de Cerati en sueños. Muchas noches de Silent Hill e insomnio. El día de mi graduación. Con choque incluído. El prestarme a su papá para convertirlo en el mío.

Y aún a pesar de que ya no nos amábamos, él continuó estando allí para mí. Siempre. Hoy.

Pasaron muchas cosas entre nosotros. Buenas. No tan buenas. Malas. Muy malas. Y todavía está aquí. Es el hombre de mi vida. Esa tierra de nadie que logramos dominar. Mi primer amor. Mi primer amigo de la vida.

Y sé que aunque no nos vemos tanto como antes, él sigue estando. A algunas cuantas calles de mi casa y a sólo una llamada de distancia. Sé que nunca nos va a dejar. Y yo espero no defraudarlo más. No apartarlo nunca más de mi vida, de mis planes. Lo que venga y, sobretodo, quien venga tendrá que aceptarlo como parte de mi vida, como parte de mi sangre.

Porque es el hombre que hasta ahora siempre ha estado conmigo.
Porque es el único que no me ha abandonado a pesar de no estar juntos.
Porque, en muchos sentidos, soy lo que soy ahora gracias a él.
Porque crecí a su lado. Cambié en su hombro.
Porque es mi hermano.
Porque es y será todos los días mi piedra de apoyo.

Porque Kevin es el hombre de mi vida en esta tierra de nadie.