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05 abril 2012

...and I miss you

Miguel -
22:08 (Hace 16 minutos)


hola, nena :) . no espero que me recibas de lo más contenta, o que me invites a pasar, a sentarme y tomar un café. pues son cinco meses sin hablar, saber de mí. cinco meses desde que me fui. no sé si de algo vale que te diga que pienso en ti regularmente. al escuchar toooda la música que me has regalado desde aquel día en que me dijiste "mira este link. se llama musiteka y tiene cositas finas"; cada vez que veo un pelúo en la calle y analizo si te gustaría o no; cada vez que pienso en amsterdam, en utrech, holanda toda! paris, barcelona, madrid, las cibeles. cada vez que recuerdo que le tengo un boicot a mcdonalds por hacer tu vida imposible mientras llevabas su cuenta.

ruíz zafón y su cementerio de los libros olvidados. la gente con bigotes pintados, adidas, la F1, los piecitos chiquititos que caminan mucho y muy lejos, que nunca descansan. los aeropuertos y sus despedidas, yolanda, el feyenoord (buaggh, asco el ajax!) son también cositas que te traen a mí. y no digo nada.

se que no es suficiente recordarte, traerte a mí, si yo no voy a ti. y sé que puedo explicar siempre que he tenido mucho trabajo, que me exigen más; que ahora soy representante sindical de los trabajadores de mi empresa; que voy a trabajar al otro lado de la ciudad (la urbina) y eso me tiene jodido; que me hackearon el correo y que por eso no reviso facebook, pero que ya lo recuperé; que he tenido malos días, otros peores y unos muy buenos; todas esas cosas puedo decir porque son ciertas. pero cierto es que las verdades nunca serán excusas.

te quiero, hago un muy mal trabajo haciéndolo, pero te quiero.

estaré por acá. un beso


Cindy Engberts
- 22:24 (hace 1 minuto)


hola, nene :) te recibo contenta, te invito a pasar, a sentarte y a tomar el té (porque aquí ya es tarde y el café me quita el sueño), pues aunque sean cinco meses sin hablar y sin saber de tí, nunca te has ido, estás aquí. vale muchísimo que me digas que piensas en mi, porque yo también pienso en ti todo el tiempo, al escuchar seeed o incubus o peter fox, esas notitas musicales tan finas que sólo tú puedes encontrar en ese universo tan extraño llamado intelné (como decía la de radio en la UCV); cada vez que veo un pelúo en la calle y analizo cómo tendrás el cabello ahora; cada vez que voy a amsterdam y veo el parking de bicis, en utrecht y en holanda toda! en la paris que me aún tengo que visitar, en la barcelona que he colgado en mis paredes, en la madrid que visité este finde, en la cibeles que vi de lejos. cada vez que veo la foto que me tomaste como "cazadora de promociones" y recuerdo que en esa época te vi y caminé contigo madrid.

ruiz zafón y su tercer libro de la historia del cementerio de los libros olvidados. los bigotes que me acompañaste a tintar en piel, mi colección de adidas que crece, la F1 ligándole a Webber, los piecitos chiquitos que por las noches siguen estando fríos bajo las sábanas y que durante el día caminan las calles que nunca caminamos juntos. los aeropuertos donde no hay nadie a quien despedir mas si tristes despedidas, los torontos de yolanda, el PSV (aunque del fútbol ya casi ni la sombra) son también cositas que me recuerdan a tí y tampoco digo nada.

sé que no es suficiente recordarte y callar. y sé que también puedo explicar que no ha sido fácil. qué me asquée de danone y lo dejé por KLM, que estoy trabajando en horarios rotativos y llevando facebook y twitter para la dutch airline, y que a veces me siento muy bruta porque es difícil; que a mis viajes diarios en tren se le suma un tramo en el metro de amsterdam y eso me deja agotada; que mi mamá sigue sin conseguir un empleo y eso me pone la piel de gallina y los ojos aguados; que tengo muchos días llorones y algunos sonrientes; todas esas cosas también las puedo decir porque no dejan de ser ciertas también, pero por ciertas no son excusas tampoco.

te adoro, hago un pésimo trabajo haciéndolo, pero es así.

yo seguiré por acá. dos besos (sólo por terquedad)

:)

P.d: perdón por las ñ que se cuelan al tratar de poner acentos!

13 agosto 2011

...y en esas intermitencias, se le va la misma.

...ella aprieta esa crayola en sus manos, como si se le fuese la vida en ello. Y lentamente, con trazos tímidos, dibuja en ese plano de un blanco cegador una completa sucesión de puntos. "Uno por cada historia" -, se dice a sí misma, "...y uno por cada momento de euforia por venir". Ya no es cuestión de dividir entre bueno y malo. O entre feliz y triste. No. Ya eso queda atrás.

...ella va trazando pequeñas líneas. Se estremece cada vez que esa punta afilada desgarra la virginidad del papel. Después de todo, allí está suspendida su historia. Esa que cuenta sin contar nada. Esa que sólo es un algo desarmado. Esa que son puntos. Ligereza. Esa que en vez de ser un trazo completo y continuo, es un simple espacio ocupado de forma intermitente.

...ella dibuja de aquí para allá, porque de allá para acá sería lo contrario. Y las cosas deben tener un orden. Aunque al final sólo te desordenen la mente. Y sigue rasgando suavemente el papel mientras se esconde tras la punta de su crayola.

...ella se sienta horas y horas, tratando de divisar formas. Trata de hacer puertas. Ventanas. Salidas. Puntos de fuga. Y de escape.

...ella decide que esos trazos serán el mapa de su vida. Sin embargo la crayola es del mismo blanco del papel.

...y en esas intermitencias, se le va la misma.


13 junio 2011

...2

["...Solía preocuparme mucho sobre qué sería cuando creciera.
Cuánto dinero ganaría o si algún día sería exitoso.
A veces lo que más deseas no sucede.
Y a veces lo que menos esperabas se hace realidad..."
*Olvidé dónde vi esta cita, cuando lo recuerde, actualizaré]

Hoy por hoy, con dos oleadas de huida a la espalda, sólo me preocupa salir adelante.

Cuando iba a España, tenía la ilusión de que llegaría a un país del primer mundo a estudiar fotografía, cosa que en Venezuela era casi imposible. Pensaba en que sería alguien importante a fuerza de trabajo y algo de suerte (de esa que en mi país hacía falta por temporadas). Soñaba con fotos importantes. Portadas de revistas. Exposiciones en galerías. Una casa para mi mamá. Y todo. Todo por delante. Luego esos ideales tan "idealistas" se fueron por el caño. Entendí que no llegaría a ninguna parte con ninguna de mis dos "carreras". Porque eran más un hobbie que cualquier otra cosa. Entendí que, aunque me comiera la cabeza tratando de explicarme, siempre sería una inmigrante. De tierra de nadie. Punto pelota. Entendí que debía dejar gustos de lados y seguir adelante haciendo cosas que no me gustaban. Dejé la cámara de lado. Y caminé. Seguí y seguí. Hasta que me asquée.

Hoy estoy en Holanda. Me vine esta vez sin aspiraciones. Sin mayores expectativas. Sólo la aventura. Mejorar un idioma. Valerme del nativo. Volver al comienzo del juego. A mis raíces. A la cuna de mi apellido. Hacerle justicia al esfuerzo. Ese que también comienza con E de Engberts.

Ya no me preocupa qué seré cuando crezca. Ni tampoco cuánto dinero ganaré o si algún día seré exitosa. Por mi experiencia, lo que más deseas no sucede. Sin ánimo de ser pesimista. Y a veces lo que menos esperabas se hace realidad. Yo no quiero esperar más. Quiero vivir tranquila, en un lugar que me guste y que me respete. Que no atente contra lo que soy o lo que quiero ser. Sólo cruzo los dedos por un poco de suerte. Y un trabajo que me de lo suficiente para comer.

Hoy por hoy, con dos oleadas de huida a la espalda, sólo me preocupa salir adelante.


03 junio 2011

...esto es para ti, mamá!

Hace una semana me desperté temprano. Miré por mi ventanal y vi el sol de todos los días. Llenaba, poco a poco, el ático del edificio vecino. Y el reflejo de luz invadía mi cuarto. Pensé en tomar una foto y luego hacer un cuadro con ella. Para recordar la vista de mi antiguo cuarto. En eso se me nublaron los ojos. Y traté de no pensar más en ello. Te oí en el pasillo, así que voltée y vi cómo te acercaste y te metiste en la cama conmigo. Como cuando era pequeña.

Hace una semana me levanté para tomar una taza de café contigo. Y luego salimos al balcón a arreglar los muebles. Barnizarlos para antes del verano. Una brocha para ti. Otra para mi. Guantes para las dos. Dos botecitos de activia vacíos, para llenarlos con barniz. Y luego las pecas ficticias y los restos por todo el cuerpo.

Hace una semana estábamos en mi cuarto. Arreglando maletas. Decidiendo qué iba y qué no. Pesando y repesando. No más de 16 kilos en cada una. Y sólo dos para meter tres años en ellas. Dejar libros. Cuadros. Zapatos. Ropa. Dejar fotos. Ese cubrecamas tan viejo y del que tanto te quejas, pero que tanto me gusta. Dejar mi cuarto con todo lo que amo. Con todo lo que tanto me costó conseguir. Mis máscaras del cirque du soleil. Mis souvenirs de Barcelona. Y la vida.

Hace una semana te estaba pasando a cd's las fotos de tus viajes. Para vaciar tu portátil. Para que no tuvieras que hacerlo tú. Te instalaba un plug-in para que vieras peliculas como hacíamos juntas los fines de semana. Y te ponía accesos fáciles en las pestañas del explorador. Para que tuvieses todo a la mano y hacerte mi partida un poco más fácil.

Ahora, aunque todo viene a la mente, lejano y difuso, trato de acordarme de qué estaba haciendo hace una semana a esta misma hora. No puedo recordarlo. Por eso decido ver la pelicula que viste anoche en el cine, para sentirme más cerca de ti. Imaginando lo que pensarías con cada escena. Acordándome de cuánto te gusta adivinar, en voz alta, todo lo que pasa. Y saco un kleenex, just in case.

Hoy compré mis primeras cosas en Holanda: unos vasitos pequeños. El modelo que me recuerda tanto a Mamina, pero en tamaño mini. Y sólo pensaba "así los estreno con mamá y brindo con ella cuando tenga mi nueva casa". Y brindaremos con crema de orujo, esa que traerás de Madrid especialmente para la ocasión. Y brindaremos con nuestros primeros chupitos en mis vasitos y en Holanda. Tú y yo.

Chorradas varias que te inventas para hacerte más llevadera la ausencia. Porque incluso me hace falta la forma en que solías preguntarme si quería un "ipobrufeno" cuando me dolía el vientre. Hoy duele mucho. Todo.

¡Ay, cuánta falta me haces!

...y aunque quizás nunca lo leas, esto es para ti, mamá!


28 marzo 2011

...y comienzas a caminar

["...la ruina es el camino a la transformación..."]
"Eat, pray, love"

Imagina una pared en blanco. Tú. Y varios cubiletes de pintura a tu lado. Comienzas a pintar con tus colores favoritos. Rayas aquí. Allí. Bloques de color. Collage de emociones. Movimientos de brazo. La mano que flota. Ladeas la cabeza, una y otra vez, buscando encontrarle el sentido a tu obra. Tratando de encontrar al menos una pizca de magnificencia.

Llegan tus amigos, tu familia, y todos tienen una opinión al respecto. Está bonito. Les encanta. Quizás le falta un toque de esto. Una brocha de aquello. Todos tienen algo que decir. Y tú sólo tienes las ganas de callarte y deslizarte hasta un rincón para ver la función con los ojos del espectador. Porque tienes opiniones. Igual que el resto. Pero no las sacas a flote. A diferencia del resto.

Y llega un momento en el que, de ver el mismo cuadro todos los días, los mismos colores, el mismo olor, las mismas emociones (o la falta de ellas), te cansas. Sientes el peso sobre la espalda. Y te vas arqueando sin saberlo. Cada día te ves más redondo frente al espejo, pero sigues sin querer saber por qué. Aunque en el fondo (ese que roza más la superficie que cualquier otra cosa), sabes exactamente lo que pasa. Pero no quieres asumirlo.

Entonces día tras día comienzas un nuevo cuadro. El reto. Y el rito. De asumir nuevas posibilidades. En la búsqueda de la expectativa te miras expectante. Y sigues allí. Un cuadro tras otro. Pero a todos les falta algo. Lo mismo que al primero. Y sabes qué es. Pero de nuevo, no quieres asumirlo.

Ya ni te miras al espejo. Porque el peso sigue en aumento y es demasiado como para mover tu culo hacia un reflejo que no quieres ver. Sabes cómo eras. Y con eso te conformas.

Pero llega un día en que lo único que te provoca es reventar tu obra. Hacerla añicos. Volver al punto de partida. Así que te sientas durante horas a mirarla desde afuera buscando una perspectiva que te haga "quererla". Que te haga entender el por qué sería mejor dejarla así. Algo que te haga entender que "no tiene por qué cambiar".

Vas y vienes. Te sientas. Das una vuelta. Te sirves un café. Hablas con ella. Pero sigue sin responderte. Sin devolverte eso que te hace falta. Está allí inerte. Y tú allí también, con ella.

Poco a poco te vas cansando más. Tu cuerpo casi roza el piso. Hueles su sabor.

Entonces es allí cuando comienzas a llorar desconsoladamente. Te preguntas qué fue lo que hiciste mal. Te preguntas si realmente te mereces esto. Tratas de convencerte de que si. Por las cosas malas que pudiste haber hecho en el pasado. Y empiezas a rememorarlas. Tratas, luego, de convencerte de que no. Y te repites las cosas buenas que haces. Sin embargo nada es suficiente para sacarte de ese cuarto oscuro al que tú solo te has sometido. Y te invade la autocompasión. Porque siempre es más fácil jugar a ser la víctima.

Y allí sigue el cubilete de blanco. Llamándote en silencio. Instigándote a hacer eso que tanto quieres. Eso mismo que tanto te llena de miedo.

Ajá. El miedo. Mala cosa esta. El ver lo que hay. El ver lo que quieres. El ver lo que podría haber. O lo que no. El blanco. El vacío.

Tocas suelo. Ya es inevitable. Tu visión está constantemente de lado. Ya no puedes voltear la cara. Igual, aunque pudieses, no sabrías cómo hacerlo. Y no nos engañemos, quizás tampoco quisieras hacerlo. Así que te llenas de valor y coraje y te dices que ya es suficiente. Decides que este es el punto de inflexión. Ya no estás dispuesto a aguantar más. Te sacas las manos del bolsillo. Tomas el cubilete entre tus dedos. Lo miras. Miras tu reflejo en la superficie de la pintura. Te asombra lo que ves. Porque eres tú. En fondo y forma. Tal como eres.

Entonces, sin más, agitas el cubilete dichoso en el aire. Y la pintura sale disparada. Ni hablar del revuelo que causas. Desastre. La pintura rueda y cae. Hay gotas aquí y allí. Sobre tu ropa. Sobre tu cara. A tus pies.

Tu obra es una ruina. Y sin embargo continúas sonriendo.
El peso de tu espalda se ha ido. Estás erguido una vez más.

Tu gente, esa que antes te daba su opinión, te mira y todos se llevan las manos a la cabeza. Cada uno empieza a formular en voz alta eso que piensa. Eso que no saben callarse. Una vez más todos te dicen qué hacer. Pero tú lo sabes mejor. Porque estás cansado de escuchar. Y aún así, no dejas de escuchar esa voz que llevas dentro. Sabes lo que tienes que hacer. Te detonas a tí mismo. Dejas lo que solías ser. Dejas esa zona de comodidad en la que te habías recluido conciente y voluntariamente. Dejas de lado esa cosa que tan frustrantemente llamaste vida. Eso que te atormenta. Eso a lo que querías renunciar sin saber exactamente cómo.

Y así comienza todo. Cuando "suficiente" es realmente suficiente. Cuando te gritas "basta" a ti mismo. Cuando echas abajo todo lo que tienes, todo lo que has hecho, todo aquello por lo que has trabajado. Todo, todo se va abajo. Y tu tan contento. Y sigues asumiendo que la realidad siempre va a ser más fuerte que tú. Que te va a golpear por todos los frentes. Pero prefieres ser valiente. Porque te cansaste de forzarte a ti mismo a asumir la mierda por el miedo al cambio. Esos días ya se han ido.

Porque ya no hay más ruina que aquella que te arruinaba. Ahora sólo queda el cambio. Y la transformación.

Y sólo te importa una camiseta, un jean y tus brochas.
Cierras la puerta, botas la llave y comienzas a caminar.


30 diciembre 2010

...porque desde ahora comienza la cuenta regresiva.

...y aquí estoy, un 30 de diciembre, 16.38h, pensando en las cosas que uno quiere y que , cuando llegan, te afectan más de lo que piensas.

Ella llevaba once años trabajando en la agencia. Puedo asegurar que en más de una ocasión quiso salir corriendo de aquí y mandar todo a la mierda. Más de una vez la oí gritando por los pasillos, presa de una indignación más fuerte que ella, de una rabieta que se la comía. Sin embargo hoy la veo llorando. No sé si por tristeza o por felicidad. O por ambas. No sé si por miedo o por expectativa. O ambos.

Sólo sé que me hace pensar en esas cosas que tanto queremos, en eso que tanto deseamos, en eso que cuando llega no sabemos asimilar. Pienso en todas las veces que he querido salir corriendo de aquí. Todas las palabrotas que he vociferado mañanas o tardes. Pienso en las lágrimas que han corrido por mis mejillas maldiciendo todo esto, todo lo que me ha pasado este año, el anterior a este también. Pienso en cuando he querido devolverme a mi país, por miedo, por impotencia, por resignación, por buscar un lugar que sé tampoco estará allí esperándome si decido volver.

Cuando voy a su despacho a despedirme, la veo con los ojos llenos de lágrimas atrapadas. Me regala unas buenas palabras. Me infunde ánimo para seguir aquí. Me dice que lo estoy haciendo bien. Me da dos besos. Me despido.

Cabizbaja vuelvo a mi despacho, a mi mesa. Y me prometo a mi misma no perder la calma, pensar en que más pronto de lo que pienso yo también estaré despidiéndome, porque será hora de volver a partir. De recoger mis cosas una vez más y salir con la cabeza en alto aún cuando sienta que la vida la llevo atada y arrastrando detrás de los pies. Me prometo pensar en este momento cada vez que quiera llorar, cada vez que quiera vociferar, cada vez que me pase por la cabeza el absurdo de volver a Caracas.

Aquí estoy, un 30 de diciembre, 16.54h, pensando en las cosas que uno quiere y que, cuando llegan, te afectan más de lo que piensas. En esta nota no habrá propósitos de año nuevo. Esos nunca los cumplo. Esto es sólo un post-it mental. Un recordatorio al cual volver en los malos momentos. Este será el espejo al cual mirar cuando pierda el rumbo, porque me hará pensar en lo que debo construir de ahora en adelante. Y porque, por muy mal que lo pase a ratos, sé que algo extrañaré de aquí cuando me vaya. Esto es sólo mi promesa. Una promesa para mi misma.

...porque desde ahora comienza la cuenta regresiva.

20 octubre 2010

...debería estar mirando hacia otra parte.

Cómo se siente ya la llegada del otoño. La semana infernal del cambio estacional. Espero el autobús. Con el frío calado hasta los huesos. La nariz que parece un grifo abierto. Bufanda enrrollada a malas vueltas alrededor de eso que los demás pueden llamar garganta. Ahí viene. Al menos la espera ha sido corta. Está el mismo chico. El de los ojos bonitos. Me siento al frente. Como siempre, yo de espaldas, a contracorriente del resto del mundo. Lo veo. Lo examino. Piercing en el labio. Bosteza y deja al descubierto otro en la lengua. Es un crío. Todo un nene. ¡Por Dios! Debería estar mirando hacia otra parte. El señor de allí. Sus cabellos rizados. La señora de allá. Su expresión de enfado. La chica de allí. Con su música y sus cosas del colegio. O la de aquí. Que reparte codazos mientras intenta sacar su libro del bolso. Pero no lo puedo evitar. Me pregunto si tendrá las manos bonitas. Siempre que lo veo las tiene en los bolsillos de la chaqueta. Mira hacia adelante. Luego la parte de atrás de la chica que se baja en la próxima parada. Ahora a la ventana, hacia afuera. Bosteza de nuevo. El señor que está atrapado en el reloj del autobús nos informa que son las 8:15 horas del 20 de octubre de 2010. Yo sigo en mi estudio. Unos minutos más y será el fin. Chaqueta oscura, impermeable. Jeans con bolsillos laterales. Algo en el izquierdo. La mochila del colegio. Tan evidentemente vacía como suelen llevarla los chicos. Zapatos de colores. Gris. Negro. Blanco. Trenzas amarillo fluorescente. Cabello castaño. Liso. Cejas pobladas. La mirada al frente. Los ojos redondos como platos. De un marrón bastante peculiar. Ojeras. El colegio siempre las da. Labios carnosos, en la medida justa. Tengo que recordarme que es un crío. Le llevaré, sin dudarlo, unos diez años. Como mínimo. Sin embargo, él me lleva mucho más que diez centímetros. Saca una mano. ¡Ajá! Al fin. Dedos largos. Manos bonitas. Masculinas. Limpias. Coge su mochila. Se va. No sin antes dejar otro detalle a la vista. El pantalón va, como los tiempos, muy por debajo de donde debería estar realmente. Y revela más de lo que, a su edad, debería mostrar. Una señora se sienta en su puesto. No ha dejado ni que se enfríe. Cabello color chocolate. Cejas asombrosamente castaño oscuro, muy oscuro. Mal depiladas. Ojos enormes. Labios rojos. Abertura entre los dientes. Su expresión facial me hace reprenderme a mí misma. Me da un poco de miedo. Y es que me lo tengo merecido. Por fisgona. Por andar estudiando a los demás. De verdad, tengo mucho que aprender. Debería estar mirando hacia otra parte.


27 agosto 2010

...sigo adelante y cruzo la calle

lo veo allí. sentado justo enfrente de mí. el bus se mueve. el bus nos mueve por la ciudad. lo veo casi todos los días. bien de ida. bien de vuelta. en las mañanas. o en las tardes. siempre los mismos patrones. él: blue jean, camiseta negra, bandolera verde militar y flip flops de cuero. yo: enchufada en mi iPod, a mi bola, inmersa en el solitario. así vamos siempre. siempre, menos hoy. esta mañana levanté la mirada. y la crucé con la suya. no sé muy bien el por qué. sólo sé que lo descubrí, una vez más, allí al frente. recién duchado. en mi mente podía incluso oler el perfume de su jabón. adivinar el paso de agua por su cara. sentir la tersura de su piel. sé que es gay. para eso tengo un sexto sentido. pero casi puedo jurar que lo quisiera de amigo. y es que, lo veo tan frágil. tan humano. hoy lo descubrí en un mal día. cabizbajo. arremolinado en un entrecejo fruncido. en el medio de un tornado. en un duelo a muerte. pensaba y luego, muy sutilmente, sólo para él mismo, negaba con la cabeza. era definitivo. no era un buen día.

y yo allí. justo al frente. me dediqué al abandono de mi solitario juego de cartas. me aventuré al precipicio de imaginar qué le preocupaba. le conozco tanto. y a la vez tan poco. lo veo cruzado de brazos. y yo sólo espero cruzar alguna palabra. ser capaz de decirle hola. de presentarme. de conocerle. me apetece decirle que sonría. y que no importa si es un mal día. él todo lo puede con una sonrisa como la suya. pero, seamos honestos, ¿quién habla con un desconocido en el bus? yo no. y casi puedo asegurar que él tampoco. por muy mal rato que esté pasando. quisiera preguntarle si está bien. aunque es obvio que no es así. está cabreado. su frente y sus ojos lo delatan. pero tenemos público. y yo con el público no funciono. así que me las ingenio para regalarle una ininteligible sonrisa del tipo mona lisa. algún detalle que no sea tan evidente. algo que sólo él descifre. para que entienda que es con él. pero nada. nada funciona. él continúa batiéndose a duelo con su mente. y yo sólo estoy de testigo. y de manos atadas. por un momento soy muda. no sé pronunciar palabra. no me sale sonido alguno de la boca.

llegamos. el bus se detiene. parada final. nos cruzamos de nuevo. él baja. yo le sigo. sé que se queda una calle antes de la mía. así que todavía hay tiempo. no. no lo hay. saca el móvil y se enfrasca en alguna conversación temeraria. aunque yo sigo oyendo al iPod casi puedo adivinar su tono de voz. lo que me pregunto es con quién habla.

pero no hay nada más que hacerle. quizás más tarde tenga más suerte. así que sigo adelante y cruzo la calle.

03 agosto 2010

...random

Tengo seis años y me escondo en el armario. Vivo con mi abuela en una hacienda. Cuando no me subo a los árboles de pumarosa, suelo jugar en uno de los cuartos de huéspedes. Hoy soy doctora. En estos momentos estoy haciendo una operación muy importante. Le salvo la vida a una de mis muñecas. Estoy en el quirófano. Por eso me escondo en el armario. Salgo. Cierro la puerta circunspectamente. Me dejo el estetoscopio al cuello. Me quito los guantes. Mis manos se abren camino entre los bolsillos de la bata mientras le digo a los padres imaginarios que su hija estará bien porque la operación ha sido un éxito. Sonrío. Ellos también. Paso de nuevo al quirófano. Quedan muchas vidas por arreglar. Y no me queda mucho tiempo. Pronto será hora de que mi abuela me llame para almorzar.

Ya no tengo seis años. No puedo esconderme en un quirófano imaginario. Ni en un armario vacío. No puedo hablar con gente que no existe. Ni puedo enyesarle el brazo a una muñeca de trapo.

Qué irónico pasarte la niñez salvándole la vida a tus juguetes y llegar a los veinticinco teniendo una crisis existencial en la necesitas ser arreglada tú misma. Por un soldadito de plomo al que le pesan demasiado los pasos. O por un hombre de hojalata que, al igual que tú, busca un corazón.

...¡pero sigue haciendo frío!

...está haciendo frío. mucho frío. si. ¿pero es aquí solamente o afuera también? abro un ojo. no era solo en mi sueño. de verdad hace frío. ¿dónde está la manta? continúo. 6 am. despertador. luz. la comida del perro. la cama. cinco minutos más. 6.05 am. de nuevo, abrir un ojo, abrir el otro. un pie al piso y luego el otro. pantalón. chaqueta. hace frío. la correa del perro. girar la llave. abrir la puerta. el ascensor. descender. otra puerta. y otra. la subida. ¡qué frío hace! y pensar que horas más tarde habrá, al menos, veinte grados más. ésto es increíble. espero. samy termina. la bajada. una puerta y la otra. el ascensor. subir. abrir la puerta. quitarle la correa al perro. enciendo la luz del baño. fuera los zapatos. fuera los pantalones. la camisa. desodorante. ¡dios, qué cara llevo hoy! 6.20 am. a la cama. cinco minutos más por favor. ciclo infinito. abrir un ojo. y luego el otro. 6.40 am. ¡mierda! ¿qué me pongo? hace frío. cierro la ventana. mi mamá no deja de parlotear. de preguntar. de ir. de venir. no tengo hambre. no quiero desayunar. no me he levantado en mi mejor día. mi cabello va a su bola. como siempre. hoy no controlo nada. y mi cara y mi cuerpo cada vez están peor. sólo quiero dormir. no quiero vestirme. no quiero salir. todo me molesta. no me gusta esta ropa. afuera la camisa. afuera la falda. este pantalón. con esta camiseta. con esta chaqueta no. con esta si. las sandalias. cambio de cartera. adentro el ipod. la llave del despacho. la agenda. el móvil. 7.15 am. la espera. esta mujer que se atraviesa y no me deja ver. no sé si viene el bus. 7.25 am. me subo. el ticket. el ipod. la que se sienta a mi lado. abre una donut. me repugna. no es hora de comer. quiero vomitar. llego. 7.55 am. el de administración. odio que se parezca a gian. ¿por qué me acuerdo de él? ¿por qué me dejó así? ¿por qué si no hice más que portarme bien con él? hace frío. entro al edificio. saludo a marcelo. el ascensor. el corredor. la mujer que limpia. entro al despacho. reviso el correo. no hay nada. leo el periódico. la peli de bansky. el mono de germanh. sonrisa. va llegando la gente. y yo sigo queriendo irme. quiero que acabe el día. ¡pero sigue haciendo frío!

09 julio 2010

...el corazón de piedra

Tengo 7 años. Estoy en segundo grado de primaria. Visto chemise blanca y pantaloncito azul. Zapatitos negros. Cabello corto. Estamos todos en el parque. La profesora está sentada en un banquito mientras habla con otra mujer. Echa un ojo aquí y allí y luego sigue en la conversación. En este cuento somos dos. Fernando y yo. Estoy acostada boca arriba en el suelo. Fernando arrodillado a mi lado. En el bolsillito de mi chemise hay una piedra. Una piedrita del tamaño de un puño de un niño de siete años. Él la saca de allí. Y me dice que estoy lista. Que ya puedo levantarme. Lo hago. Y salgo corriendo. Él me sigue. ¡Me ha librado del corazón de piedra!

Me parece curioso cómo las personas variamos con el tiempo.

Un año después de la extracción de la piedrita, llegó Luismi a nuestro grupo. Quedé prendada de él, quizás desde el primer día del tercer grado. Y así fue hasta que terminamos el sexto. Fue mi primer noviecito y, también, mi primer beso. Me encantaba lo blanquito que era. Su cabello oscuro. La forma de sus ojos. Sus manos. Y ese olor característico del gel de cabello que le echaba su mamá.

Como estudiamos la secundaria en colegios distintos, no nos vimos por mucho tiempo. Cuando nos reencontramos ya estábamos en la universidad. Él en Ingeniería. Yo en Periodismo. Éramos los mismos y, sin embargo, ya no éramos los de siempre. Había algo que nos diferenciaba del cielo a la tierra. Y aún hoy no sé decir con exactitud qué era ese algo. Pero estaba allí. Me chocaba un tanto en lo que se había convertido. En el de las bromas sin sentido y algo insultantes. En el de los juegos de cartas y las tardes de futbolito. En el de los viernes de cerveza. En el de la chica bonita de la clase y el carro con tubo de escape estridente. Habíamos cambiado. Ya no se parecía a lo que yo había conocido de él. Mientras él se encerraba en clases de cálculo y lógicas cuadradas, yo divagaba por ensayos de literatura y libros de análisis del discurso.

Irónicamente Fernando y Luismi son primos. De pequeña, yo moría por Luismi. Ahora, cuando los años del colegio han acabado hace ya mucho tiempo, puedo asegurar que hoy en día moriría por el chico en que Fernando se ha convertido. Diseñador e ilustrador. El chico de los lentes de pasta. Del sombrero y ropa trendy. El de las conversaciones de arte. El de las historias de color. El de los viajes interesantes. En fin, alguien totalmente distinto a aquel niño de siete años con quien solía jugar.

Hoy el tiempo me golpeó con el recuerdo de esa mañana en el parque. Quizás porque debo darme cuenta de lo que era y de lo que soy. De cómo voy viajando en el tiempo. De cómo me ha cambiado lo que he estudiado y lo que me ha tocado vivir hasta ahora. De lo que me gustaba antes y lo que prefiero hoy. Porque debajo de la piel hay mucho más que huesos. Hay toda una maquinaria que, entrañablemente, te hace humano. Aunque reniegues de ella y de ello.

No sé a qué jugábamos esa mañana. Con el tiempo lo he olvidado.
...quizás es que, una vez más, necesitaría que me librasen del corazón de piedra.

13 junio 2010

..."Oh Johnny, mi Johnny"

Después de una semana de ataques cardíacos, subidones de energías, estrés, hormonas y emociones, al fin tengo un domingo frente a la tv. Con mi mamá a mi lado. En mi sofá favorito. Descalza. Hecha un desastre. Con un orzuelo. El pelo sucio. Yo, la personificación de la mamarrachez total y absoluta.

Pero por enésima vez en la vida, sentada al lado de mi mamá, me pierdo en una peli que huele a años sesenta. A pantalones hasta la cintura. A mocasines negros de tacón. A sandalias plateadas. A vestidos de capa que vuelan con el paso de la brisa. A pintalabios y mejillas rosa pastel. A "Dirty Dancing". A Patrick Swayze. Oh por Dios. A Johnny. ¡Oh Johnny!

Y cuando lo veo, allí, tan cerquita, a una pantalla de distancia, casi siento que le puedo oler hasta la piel. Que puedo sentir su sudor. El ir y venir de su cabello. Sus brazos. Sus músculos. Sus besos. Se calienta el sofá. Comienza la música. No puedo evitar mover los pies. La espalda. En mi nariz huele a lluvia. A cabaña. A tierra húmeda. A días de vacaciones. A Cadillacs y amor de verano. A inocencia. A una sociedad y una cultura que poco tienen que ver con las de ahora.

Cada vez que veo al Swayze moverse como lo hace. Tocar a la Baby como lo hace. A ver esas miradas. Esas miradas que se pierden entre sábanas blancas y almohadas mullidas. ¡Oh Johnny! Qué no daría yo por ser la Baby que se mueve entre sus brazos. Meterme en su espacio. Y un, dos tres, cuatro. A cualquier ritmo. A cualquier precio. En una clase de baile con él.

Si yo tuviera un hombre así, un profesor de baile así, un amor de verano así, de seguro le diría: "Oh Johnny, mi Johnny".

06 junio 2010

...yo sólo era testigo


Es jueves. Espero el bus para ir a casa. Veo a una niña con su madre. La niña me recuerda a alguien. Sin embargo, no puedo descifrar a quién. La sigo mirando. Por un buen rato. Trato de explicarme a mí misma que se parece a mí cuando yo era pequeña. Pero me cuesta. Sé que, por como se ve, si que es parecida a mí. Tanto que se podría decir que es mi hermana.

Ropa y zapatos de colores. Ya es verano. Cabello castaño oscuro. Liso. Ojos azules. Delgada. [Si, yo también lo fui algún día]. Y está mudando los dientes. Debe tener entre 8 y 9 años. No más. No se está quieta ni un instante. Ve a un señor que coloca papelitos de clases a domicilio. English y français. Ella lo mira desde abajo. Regresa donde su madre. Con el índice apunta el papel. Y vuelve hacia arriba y hacia abajo. Su deporte favorito: preguntar.

Se parece a mí. O a como debía lucir yo cuando tenía su edad. De esa etapa no recuerdo mucho. Creo que cuando somos niños no buscamos tanto nuestro reflejo desde otro lado. Simplemente somos. Nos dejamos peinar y vestir por nuestros padres. Y, alguno que otro día, cuando nos gana la vanidad, pedimos a mamá que nos coloree un poco con el labial. Que pinte nuestras uñas con el color que ella usa. Con eso es suficiente.

No nos vemos al espejo cuando nos cepillamos los dientes. O cuando nos lavamos las manos. No nos asustamos con nuestra cara de la mañana. No nos buscamos granos. Ni arrugas. No nos perfilamos la forma de las cejas. No nos acomplejamos por el culo gordo. No hacemos dietas ni creemos en la "operación bikini". No visitamos el espejo mil veces antes de salir de casa por miedo a estar mal vestidos. Nos da igual. No nos importa el qué dirá éste o aquel. Esas cosas poco peso tienen. Porque a esa edad somos todos iguales. Y nuestras prioridades son otras.

Es extraño cómo van cambiando las cosas y las perspectivas a medida que vamos creciendo. Vemos todo desde reflejos. Lo que mostramos a los demás. Lo que ellos nos muestran a nosotros. Lo que deciden ocultar. Es increíble cómo el espejo llegar a cobrar tanta importancia. Sobretodo ese que se forma cuando nos vemos a nosotros mismos reflejados en el ojo del otro.

Recuerdo a la niña y sigo preguntándome si yo sería así. Porque no logro acordarme de cómo era antes de los doce años. Para saberlo tengo que recurrir a fotos. No me recuerdo frente al espejo. No sé qué aspecto tenía. De mi infancia, sólo me quedan memorias subjetivas. Pequeños videos mentales. La vida desde dentro. Los protagonistas eran otros. Y yo, yo sólo era testigo.

28 mayo 2010

...la mala educación

El martes quise que me tragara la tierra. Quise morirme. A ver, que casi nunca meto la mata, pero cuando lo hago, lo hago en grande. Y lo peor: la restriego en el fango. Vamos, que se abre el cielo, suenan bombos, platillos, caen serpentinas y saltan luces de bengala.

Concretamente, lo que paso fue lo siguiente.

Iba yo muy campante a recoger la correspondencia de la tarde en la recepción. En la entrada veo un todo terreno (si, si, una camioneta), la rodeo y me dispongo a subir las escaleras. Allí está parado el conductor. Acto seguido, en cámara lenta, a suerte de slow motion, miro a los ojos al hombre. No sé qué va a hacer. Si va a seguir allí de pie. Si va a entrar. Si espera a alguien. Si se va. Así que, también, lo rodeo y sigo subiendo. De repente, oigo detrás de mí una voz. "Hola ¿eh?". Yo, sin caer en cuenta de mi error, volteo y tan contenta respondo: "Hola, buenas tardes", sonrío y sigo.

Nada más y nada menos se trataba del presidente de la empresa.

Qué horror. Luego no podía ni moverme. Me temblaban las piernas. Me sudaban las manos. Sentía mi cara caliente como un horno, roja como un tomate. A punto de explotar.

Tanto que me molesta, tanto que me quejo de la gente maleducada. Y por un día, un fatal día, he caído en su juego. En su trampa caza ratones. No hay justificación que valga. Tengo claro que no lo hice con la intención. Pero no me vale. Sé que la mayoría de los grandes empresarios viven en una nube de ego tan alta que les es imposible mirar a los demás mortales. Aunque día tras día subimos con él en el ascensor o cruzamos la misma puerta o caminamos el mismo pasillo. Ellos son maleducados, si. Pero eso no es excusa para que uno lo sea. Porque "lo cortés no quita lo valiente".

Lo hice sin querer. Pero, aún así, no tengo excusa. Me merezco todas las reprimendas mentales que he sido capaz de darme todos éstos días. Ví al señor, ojo a ojo, y no lo saludé. Pasé olímpicamente y seguí de largo en mi despiste.

Y tanto que me gusta a mí eso de decir hola, por favor y gracias.

Si me quedo sin trabajo de nuevo ya sé a qué debo agradecerle.
A la mala educación.

06 mayo 2010

...si así llueve, que no escampe

[It's times like these you learn to live again.
It's times like these you give and give again.
It's times like these you learn to love again.
It's times like these and time and time again.]

Estas dos últimas semanas han sido de locos. Una completa ruleta rusa emocional. Un sube y baja. El tobogán de lo increíble.

He pasado cuatro meses sin trabajo. He perdido la cuenta de las entrevistas a las que he ido. El vestirme bien. El maquillarme. El arreglarme un poco. Hablar de mi. Del por qué estoy aquí. De lo que busco. De lo que quiero. De lo que tengo. De lo que soy. De lo que hago. Y luego, de vuelta a casa. La incertidumbre. La espera. Y las manos vacías.

Hoy escucho a los Foo Fighters y me sorprendo pensando cuánta razón tienen sus letras. En momentos como estos te das cuenta de que estas vivo. Sientes. Sufres. Lloras. Y venga de nuevo otro día. Otra entrevista. Explicar todo de nuevo. Darte cuenta de que vales algo. De que tienes sueños. Salir. Y de vuelta al autobús. Te emocionas. Esperas. Y nada más. Contra el suelo. Vuelves a caer. Y el levantarse cada vez se hace más pesado.

Empecé el martes en un proyecto por dos meses. Antes de ayer me llaman para decirme que hay un proyecto de fotografía en marcha y que tengo carta libre para asistir. Me muero por ir. Pero ya no hay tiempo. Trabajo en el culo del mundo. Trabajo. De nuevo. Soy alguien. Trabajo, luego existo. Todas mis cosas quedan de lado. Fotografía. Escritura. Clases. Vida.

Hoy me llaman de una agencia de publicidad donde me entrevistaron. Me quieren. Y yo los quiero a ellos. Es una oportunidad en un millón. O en España. Que de por si ya es decir mucho. Así que venga, a recursos humanos, a explicar la situación. Lo siento mucho. Trabajo hasta el viernes. Mi moral me hace sentirme mal conmigo misma. No tomo en cuenta el trabajo que conseguí. Pienso más en lo que tengo que decir. En lo que tengo que dejar.

Voy a casa en el mismo autobus. Deshecha. Con mi crisis mensual de sentirme mujercita. Con el hastío de no querer ir a clase. Con deseos de alquilar, aunque sea por un día, un papá de mentira. O conseguir un novio de verdad. Con ideas que van y vienen en la mente. Con el iPod en la mano. Vuelvo a tierra.

Llego a casa y tengo otra oferta en el contestador. Necesitan que haga una carta de presentación en inglés y en francés, respectivamente, para enviarla en conjunto con mis recomendaciones a una empresa para la cual apliqué hace un buen tiempo ya.

Y es que siento la vida como una pera de boxeo. En un momento está quieta. En otro va hacia adelante y hacia atrás con cada golpe. Y en su camino aprovecha y te golpea. De repente no tienes nada. Y luego te sobra todo.

Para mí la vida es un conjunto infinito de ciclos que se repiten en todas las ciencias. Cuando no tienes nada, nada aparece. Y cuando algo se te acerca, su imán atrae al resto.

Como con los chicos. Estas sola. El helado se derrite porque no tienes con quién comerlo. Te encuentras a uno que medio vale la pena. Y al otro instante tienes a tres más queriendo comer del tarro.

Tengo que suponer que la vida y sus ciclos dependen de eso. Días de locos. La ruleta rusa emocional. Tu propio sube y baja. El tobogán de lo increíble. Sin embargo, también debo suponer (o al menos eso quiero), que como dicen los Foo, en tiempos como éstos, te das cuenta de que estás vivo y, en consecuencia, aprendes a vivir y amar de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo.

Así que, si así llueve, que no escampe.

30 abril 2010

...todas, más una

Qué capacidad tan increíble tiene el venezolano común para creerse de verdad el más sabio del mundo. Si Aristóteles renaciera, seguro que diría que la historia se ha equivocado y que él realmente es de Venezuela. Me juego la vida en ello.

Anoche fui a cenar a casa de unos amigos de mi madre. Fuimos las dos porque están unos familiares de ellos de visita por aquí. Venezolanos todos, por supuesto. Los amigos. Su visita. Mi madre y yo. Pero qué diferencias entre unos y otros.

Los amigos. Seis años viviendo en Madrid. Acostumbrados ya a cómo se mueven las cosas por aquí. Acostumbrados a las tradiciones. Al lenguaje directo y "repujado" (como me gusta decirle), ese que es tan típico madrileño, el de decirte las cosas con retrechería y el toque justo de prepotencia. Bueno, en fin. Acostumbrados a Madrid, a España y a todo lo que se menea por este lado del mundo.

Su visita. Venezolanos. Venezolanísimos. Los del whisky meneado con el meñique. Los de shorts, polo y sandalias para andar por casa. Los de la cadena de oro tan grande y pesada que les dobla el cuello. Los de la barriguita cervecera: redonda, dura y pa fuera. Los médicos. Nota [funda]mental: En Venezuela ser médico es sinónimo de caché, de poder, de bolsillo lleno. Si eres médico, muy probablemente, eres más importante que el mismísimo presidente de la república. El médico abre la boca e inmediatamente se abre un hueco en el cielo, sale un foco de luz y un halo angelical con musiquita incorporada para adornar las valiosísimas palabras que tiene por decir. Aunque se trate de un "coño chamo, pásame esa vaina ahí". El contenido es lo de menos. Lo de más es la forma.

Mi mamá y yo. Venezolanas. Holandesas. Musiús o guiris. Dependiendo de la latitud y del gusto de quién lo diga. Acostumbradas a una cosa y a la otra. Con ojos críticos hasta en la espalda. Vemos al de aquí, al de allí y al de más allá. Nos vemos nosotras. Y sacamos conclusiones propias.

La mía.

El venezolano tiene una maña indiscutible que lo caracteriza. Se las sabe todas, más una. No te conoce pero te investiga la vida completa y sabe lo que tienes que hace para mejorarla. Y lo peor: ¡te lo dice! Justo después del "encantado de conocerte", espera dos segundos y va y te suelta la retahila de cosas que lleva mascullando en la cabeza desde que te vio llegar.

Ayer, el médico [reverencia por favor], me dice: "Cindy ¿qué es lo que estudias tú?¿Diseño?". No. Fotografía. "¿Quieres que te de un consejo? ¡Eso no te va a servir de nada! Tú lo que deberías hacer es estudiar mercadeo...", y echa el cuento de cómo el mercadeo se dedica a [atención por favor]: "hacer estudios de mercadeo". Oh por Dios. Hemos descubierto la leche caliente. Pero claro, como es venezolano y MÉ-DI-CO [signos de exclamación y aplausos del público por favor], eso seguro lo sabe mejor que los otros cinco mortales que estamos en la sala respirando el mismo aire que él. ¿Yo? Si. Yo tengo dos carreras, u oficios, que a simple vista no me llevarán muy lejos. Por no decir "a ninguna parte". Por un lado soy periodista. Y por el otro soy fotógrafa. Conclusión: Tengo todos los números para morirme de hambre. Y los sigo acumulando. ¡Bingo! Además, punto aparte, tengo un máster en estupidez.

Sin embargo, no soy tan estúpida como para no saber que al venezolano se le debe escuchar con un sólo oído, porque con los dos sería muy perjudicial para la salud mental. Y yo hice exactamente eso. Escuche y sonreí. Mientras, practiqué mi gran poder de abstracción. Y como la educación me sale solita, luego bromée con él un rato sobre el mercadeo, dándole la vuelta a su propia tortilla. Después, tan contenta, me fui a casa y a dormir.

No obstante, esta mañana me despierto con todo esto revoloteando en mi cabeza. Lo comento con mi mamá frente a dos pozos de café. Me parece fascinante que el venezolano siempre se crea más inteligente que los demás. Incluso que sus compatriotas. Y que además, se de el lujo de decirte lo que tienes que hacer para solucionarte la vida. Para ellos todo es fácil. Sólo es cuestión de hacer buen mercadeo y forrarse en billetes.

Y es que el venezolano siempre se las sabe todas.
Todas, más una.

29 abril 2010

...de humildades y fracasos

...es curioso que salga algo bueno de algo malo.
Sin embargo, así funciona.

La historia es corta. Cumplía cuatro años, o cinco. Realmente no lo sé. Pero era esa edad. Yo vivía con mi abuela, mi tía y mi prima en un pueblo llamado Boconó que queda en los andes de Venezuela. Esa etapa me marcó. Y ese día en particular moldeó lo que sería el resto de mi vida. Al menos lo que llevo vivido hasta ahora.

En Venezuela, las niñas crecen viendo el Miss Venezuela y oyendo el cuento, una y otra vez, de que somos el país de las mujeres bellas y el que más coronas se ha llevado por eso. Yo no quiero ahondar en el tema, al menos no en este post. Este es mío. Me lo reservo para contar lo que viene.

Retomo entonces. El día de mi cumpleaños. Mi mamá había viajado ocho horas desde Caracas para estar conmigo, cosa que lo hacía más especial. Me hicieron una fiesta en uno de los patios traseros de la casa de mi tía. Todas las niñas del pueblo estaban invitadas. Y un montón de gente más que también era como parte de la familia. Jugábamos al Miss Venezuela. La corona me la planta en la cabeza mi mamá. Y volvemos a empezar otra ronda para decidir la sucesora. Me salgo del juego porque voy a la cocina a buscar algo de comer. Ja. Cosa nada rara en mí. Me encuentro a mi tía quien muy conscientemente me dice que sólo he ganado por ser la cumpleañera. Sus palabras: "todas esas niñas son mucho más bonitas que tú".

Eso a los cinco años es como una bomba de tiempo. Un detonante de lágrimas disparadas a presión. Sin embargo, yo no lloré. Cogí mi comida y me fui. Pasé olímpicamente de ella y su comentario.

En los años siguientes no he sido tan fuerte. Nunca se me ha borrado esa imagen de la cabeza. Jamás he escuchado recuerdos tan claramente. Fue una frase que sin dudarlo me marcó para siempre. Algo que me repito día tras día. Y lo que me mantiene anclada al suelo la mayoría del tiempo.

Desde ese momento entendí que no era bonita. Que sólo podía obtener lo que quería valiéndome de esfuerzo y de demostrar que soy buena en lo que hago. Que no me podía dormir en los laureles esperando a un príncipe azul que se prendara de mi. Que debía destacar del resto. Pero no por belleza porque, claro, ese don pasa de mí.

Hoy. Me lo repito diariamente. Lo he asumido como lema mental y personal. Lo sé y lo recuerdo cada vez que me miro al espejo. Sale a flote cada vez que alguien me hace algún cumplido. Se esconde tras la "humildad", pero no lo es. En realidad es fracaso. Complejo. Y lo lloro cada vez que me viene a la memoria.

Aún así, doy gracias a mi tía por tan sabias palabras. Me he esforzado muchísimo. Nunca fui la mejor de la clase, mucho menos la más bonita. Pero me gradué. He trabajado un montón siempre y en todo. He aprendido idiomas y aún sigo en ello. No me conformo. Siempre quiero más. Nunca es suficiente.

No soy bonita. Hay muchísimas mujeres que son mucho más bonitas que yo. Que son hermosas. Que pueden tener lo que quieren con tan sólo una mirada. Pero no, ese no es mi caso.

En este caso ha salido algo bueno de algo malo.
Así funciona.

28 abril 2010

...y desperté

Todo el mundo corre. De atrás a adelante. Se pisan y se estrellan los unos contra los otros. El caos. Agobio. Indecisión. Impotencia. Gritos y llantos por todas partes. Allí, no tan lejos, hay dos personas juntas.

Es todo un campo de guerra. Y, aún así, luce como un descampado. La falda de una montaña. Hay sol. Sin embargo, a ratos, se nubla todo. Del color cambiamos a blanco y negro. Yo miro dentro del lugar, porque si, hay algo más. No es una casa, ni una carpa. No sé bien lo que es, pero se siente como nuestro o, en todo caso, como mío. Me pertenece. A mí y esos dos que están allí y que ahora no recuerdo quiénes eran. No logro acordarme de sus caras, ni saber qué aspecto tenían. Pero eran reales. Los conocía. Estaban conmigo.

Oigo su aclamación. Sus gritos desesperados. Los veo. Ella se lleva una mano a la boca y ahoga un llanto. Los ojos de él se abren de par en par. Yo me asusto. No sé lo que pasa. O si lo sé pero no lo quiero creer. Salgo de donde sea que estuviese. Corro a su lado. Los abrazo. Siento un súbito calor que comienza a ser más presente, más insoportable. Subo la vista y lo veo.

Arriba un un punto de luz anaranjado. Brillante. Muy brillante. Una humareda. El cielo ya no se ve. Deja de estar donde siempre ha estado. Todo se vuelve gris. Todo explota. Volteo de nuevo. Adelante un punto de luz incandescente cae y une el horizonte. Arriba y abajo son ahora uno sólo. Lo mismo. La bola de luz avanza a paso descontrolado. Viene directo hacia nosotros.

Estamos rodeados. por uno y otro lado. No hay salida. Y, de hecho, no hay más nadie. No hay más nada. Sólo las dos personas que sigo sin reconocer. Y yo.

Siento miedo. Nunca tuve tanto. Jamás me sentí tan sola y jamás me importó tan poco. Sé que es el final. No obstante, algo dentro de mí me dice que me quede tranquila. No hay nada que hacer. Será inmediato. Rápido. No sentiré nada. Aún sigo abrazada a éstos dos. Su calor. El calor que nos rodea. Y sólo sé que tengo miedo. Miedo de morir. No por el hecho, sino por la forma. No quiero morir así.

Soñé con el fin del mundo.
Fue rápido.
Calor y luego muerte.

...y desperté.

29 marzo 2010

...paréntesis

...ya el tacto se ha disuelto. No es palpable ni presente. Ya no hay manos para tomar y enlazar. Y la visión se va nublando tras la ausencia. Ya no hay besos ni miradas fortuitas. Ni hay paseos por las calles de piedra. No hay visitas a lugares desconocidos. Ni comidas a la luz de la noche. No hay caricias para preceder al beso. No está la mano que navega en el cabello. Ni la boca que, a tientas, busca a la otra para fundirse. No hay tacto. Se ha disuelto. La mano está vacía. Nada por tomar. Los ojos sin nada que observar. Y ahí está. Un cuerpo inerte y suspendido en la nada. Una memoria con recuerdos que van desgranando el alma. Lo que fue y lo que dejó de ser. Lo que no es y lo que no será. Y el cuerpo sigue andando. Pero necesita más. Anhela una mano para sentir. El tacto por las calles de piedra. Por los lugares desconocidos. Las comidas a la luz de la noche. El beso que fue. La mirada. Las caricias. El encuentro y la entrega. Y es que necesita que el tacto sea tangible. Y que se haga presente. Y la ausencia se disuelve.

23 marzo 2010

...de historias ajenas # 2

...y la historia es tan suya como suyo es el beso.

Y allí está pensando en él. Identificándolo con la letra de una canción que se sumerge en su cabeza. En frases que impulsan pensamientos.

Y así sigue caminando. Queriendo acercarse a ese destino incierto a través de pasos inconclusos. Esos mismos que ahora la hacen sentirse anclada al suelo.

Y la calle se alarga ante ella. Anticipándose a lo que piensa. A eso que le oprime el pecho incesante. A eso que siente.

Y sus palabras no son suficientes. Quiere más. Quiere vivir y morir. Al mismo tiempo. En el mismo instante. Con el trazar del segundero.

Y quiere sentarse. Cerrar los ojos. Transportarse. Darlo todo. O no dar más.

Y ama. Y piensa. Y sufre.

Y esa inconsistencia es lo único que la mantiene consciente. De lo que tiene. De lo que le falta. De lo que quiere.

Y finalmente se da cuenta de que lo que realmente quiere es eso que tiene pero que le falta: una historia. Su historia.

Porque esa historia será tan suya como suyo será el beso que la comience.